qué el alma se apiade

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qué el alma se apiade de nuestros dioses

de palabra y ceniza.

este lenguaje que me oprime,

y sólo recoge el aire de nombrarte, y

no te concibe,

el lenguaje que me queda,

el que he perdido,

palabras

que tengo en la punta del olvido;

qué el alma se apiade.


donde la bóveda se apuntala



arriba, donde la bóveda se apuntala, en la trastienda de la noche rociada de goteras,

la luna se abre la camisa y sus llagas, y saliva en las 7 notas de trompeta,

cristales sucios escaleras arriba, donde babel no alcanza, como un horizonte vertical, y monedas

gastadas con la cara oxidada de cruzar la estigia demasiadas idas y vueltasy otra vez ida, donde el cuello firme y la vena hinchada,

los huesos soportando la palidez que los viste y la sangre que sostiene la cabeza y la sangre en la cabeza para que el desmayo no entorpezca la llamada

a la eternidad, y la imagen, que después de atravesar un espejo tan espeso, tan cansada.




dibujado junto a ti




junto a ti hay dibujado un ojo,

dibujado en la cuartilla,

como si partido en dos, pero de un sólo trazo

-metafísico-

Y el ojo llora una lágrima larga, eterna

que hace de cuerpo y se clava en su sombra,

que hace de suelo,

y me pregunto si soy el ojo que llora, si

lo partí yo, si llora por mí,

o, acaso, la sombra a la que clavas el llanto

de tu ojo en la cuartilla

dibujado junto a ti.



saltan las horas


saltan las horas

por el campanario

en un reguero de agujas

clavadas al suelo

con peso de años

y otra cara de imbécil

acompañando

al fin

a tantas más



regreso.


no me equivoco si te digo que regreso sin haber aprendido de las guardias nocturnas donde el imposible prostituye, y el viaje a la tangente.

regreso a los soterrados ayes que agolpan mis oídos, al hemistiquio de tropiezos, y tráfico de etcéteras, donde se estanca el negro de las letras.

al aire manchado de quejas regreso, a las úlceras del verbo, su conjura, y la orilla que entierra el castillo, el mar picado por la pluma.

el sacrificio de la carne que huele a papel quemado, la pena en espera de llenar su voz, regreso, y la lengua que busca en el vertedero de mi boca.

regreso y quizás me equivoque, al pulso, la medida; si te dijera que regreso porque he perdido los fuegos, todos los fuegos de los que huía.



se me secó la luz



porque se me secó la luz y ya no fluye

porque no traspasa más que a golpes

se dispara como bolas de nieve, como por cañones, un alud que revienta en mi ventana

y romperá el cristal que ha comprometido su sinceridad con reflejos de manchas hundidas

porque abro la puerta sólo cuando la noche se cierra, así no me arruine la ventisca de la mañana

porque estoy cansado de barrer el día de cada día

porque si no estallan, las bombillas chorrean un reloj de arena que se amontona en el suelo

destellos de luz arremolinándose según la corriente

por todas las estancias de la casa

frías cenizas encendidas, luz suspendida como el polvo que corta la luz en la capilla

que ciega entre chispas y atraganta en espinas, alfileres de aire, meteoros asidos por la deriva

el rastro brilla en resquicios inaccesibles, y ya no recuerdo el negro profundo de la oscuridad, y no duermo

por las sombras colgadas del techo

porque se me secó la luz y no perfila bordes

por las estacas prendidas en una realidad marcadamente herida

no subiré más persianas

porque se me secó la luz

porque no quiero ver como se desgrana el horizonte




estrellas verdes



por tu cocina
aparecieron
las 2 únicas
estrellas verdes
del firmamento
y se te comían la cara

aquel día
las últimas 2
estrellas verdes
preguntando
si quería café
para acompañar


cuatro columnas




cuatro columnas soportan la noche, cuatro fugas sobre neones, tejados, antenas,

de raíces que reptan por adoquines, la calleja, al fondo de la esquina, con el peso de la náusea mojada,

meadas de alcohol de cartón como de cartón es la colcha que queda al fondo, empujada al fondo de la esquina por la misma gravedad que empuja al vómito.

en la savia brotan bulbos de carne escarnecida, aleccionada,

y sigue curso a través de bocas de estiércol, mueve dientes de chicle y cierra pinchados huesos ensabanados por la palidez en posición fetal,

y sacude piernas hormiguero de tierra embarrada con idea de alejar la idea de que algo mora dentro y está comiendo miembros.

entre el amasijo alámbrico de basura, dos tubérculos encuentran un cruce de líneas, ciegas, ojos huecos, cuatro leños, secos, que se encuentran...

-tú y yo y que se pudra el cosmos-

cuatro. cuatro columnas negras soportando el tiempo (dos a dos)

que tarda la normalidad en reprogramarse.




en el empeño





en el empeño
un cielo neto
sobre alguna paloma
un parque de ciudad,
un plátano de hojas           calladas,
un banco,
nombres grabados              a navaja
en el respaldo
pulidos por espaldas,
lluvias y viento,
y un adoquín roto             en el suelo,
una brizna de hierba,
que sale
y tierra.

10 metros,
15,                           20 metros de tierra
por donde mi sangre pulsada
desde otro pueblo             sumergido
apenas sí percute
y se coagula en
la red
de alcantarillas.

en el empeño
de                            seguir
    trepando.






te sostienes



te sostienes
pero el calor de la brasa dibuja encrucijadas naranjas y amarillas en las proximidades
las redes confabulan en torno a ti se reúnen se oyen conspiraciones crepitando a tu alrededor
el negro avanza con su línea encendida coronando la cima de las colinas cerrando humeantes puños y se acercan las lágrimas que chispean
te sostienes
pero te oigo jadear, y tu vientre crece y decrece en burbujas azules
de tus entrañas surgen rabiosas llagas desesperadas enormes llagas que al reventar te desparraman por el blanco de la nada
el entramado de nervio puro espera nervioso que te hundas en su trampa y caigas
pero te agarras
tus rasgos se pierden, tu cara se borra, hierve tu frente hierves
supuras nostalgias y veneno pasión y desprecio sueño de futuros imposibles infinitos detalles abismales matices
y es que parece imposible todo aquello dentro de algo tan pequeño
te agarras
aunque ya apenas te distingo ni distingo las cenizas del resto y todo toma un mismo tono gris ceniza que cubre todo de ceniza y humo gris
donde andan tus restos y quiero recogerte el pelo recoger el beso con que jugábamos donde andan tus restos
no te veo tu nombre se ha esfumado entre la chimenea no sé de tintas
pero
si te escribo de nuevo

ecos

un espacio cerrado por voces a destiempo
percutiendo sincopa copa das en las redes
de la consciencia que rever que bera
descompasadas ondas que reverbera en ondas
ondas super ondas puestas desmembradas redes
brando la palabra acento la red de palabra
timbre tono no
que parecían de brando la síncopa
palabra solo soplo timbre
que se parecían alejaba de en soplo
habitaciones en cerradas
supurando alejaba habi tambores cían
ecos rebotados ad infi fini nitum
balbuceo tono no que tados un zumbido
de fondo balbuceo tono
de dos cían inde cían finible
viento metálico finible
acompañando a dúo
de viento ventisca desértica y tambores
cascada fría que fondo dúo de tambores
ecos venían recono de cerme gritando
cuando supe rado que timbre no todo aquello
era todo aquello era yo
y que me estaba
cuando quedando me supe aquello que gritando
todo en ecos quedando
de cían tivamente sordo.

resina


en  este tiempo     
la   resina     
ha  bordado     
tu   nombre     
el mismo   tiempo
que      
     
ha seguido borrando     
   el      mío     


idoneidad recíproca equilibrada

vosotros, gnósticos del hombre, número y razón,
que perseguís herencias sostenidas en los estériles asideros del progreso, que justificáis a la especie, festejáis la existencia, creéis sinceramente, más allá de su efecto narcotizante, sabed que en el improbable caso de eliminar todo rastro de injusticia del hombre por el hombre, encontrareis en las otras especies el blanco de vuestro martirio a medida que sofistiquéis la sensibilidad, y descubriréis ciertas paradojas incómodas que destruirán vuestro credo o lo arrastrarán a las sombrías regiones donde se refugia la esperanza.
y sabed que al mundo no le importará.
vosotros, que no creéis sin embargo, que no buscáis en utopías ni os desvelan imposibles, no rompéis candados y os cruzáis de brazos ante las babas del diablo, escrupulosos con el ínfimo poder del hombro, y el inamovible telón de fondo, sabed que existen las depravaciones aún sin valor de eternidad, que está por llegar una gran revolución, que apoyareis, o no, al principio, y os espantará después y descubriréis ciertas paradojas incómodas que destruirán vuestro credo o lo arrastrarán a las sombrías regiones donde se refugia la infamia.
y sabed que al mundo sí le importa.

bastará para callarte

con el temple duro de piedra sorda atendí los gemidos de auxilio,
pensé una palabra tuya bastará para callarte y cosí
en un estrecho abrazo, un lazo del cuello a la eternidad en un viaje de boca seca y lívido aire en humo de ceniza hundida en los restos de hangares de un pecho calcinado.
ah: y el garabato de un desesperado deseo, la obstinación que quiere agarrar y se queda con el rastro de una marca entre las uñas, que duró nada, segundos, hasta que no hubo más que pedir, hasta que no hubo
más que
una lombriz roja en la comisura que se arrastraba por la tierna estupidez de quien cree vivir sin sangre en sus venas; digo, en sus manos.
viciadas con el vaho del aliento, las sienes me dijeron que estaba vieja la pobre, que pisó mucho suelo. y el brazo pesaba corona plúmbea.
   y las sienes confundieron vahos de distintos climas y lecturas en la sopa turbia de
turbadas burbujas perdidas, el excitado aire que las sube, y el vacío en la caída.
 me decía que era buena la vieja, que anduvo muchos suelos.
y a pequeños sorbos fui volviendo. sentí como lentamente todo se restauraba,
que menguaba
mi paquete.

________________________dos pieles__________

la distancia       separa

dos pieles
la distancia entre dos
la que nos
arroja pieles      de distancia
la distancia
que nos            corta
en dos

versos blandos

la tarde es blanda, hundida. olas tildan
la puesta. crestas tallan poco más
que un marco (callo siempre) calmo hoy,
espuma que el ocaso cierra sin
enfado; tregua, pausa, mar sin fuego, ni ganas,
ni embustes, ni embistes…   
sin embargo,
vaivenes gimen fugas. por la piel
se pierden tras el canto del sudor,
que pisa duro sobre el viento con
su tinta de noche rayando luz.
se eclipsan curvas, cuervas a señal
del vaho, cruzan señas en la cruz.
corrientes abren lances entre el gas,
confunden brumas. dudas van detrás
de espejos por y para soplos de
pistas, lindes. iris clavan la vista.
se aparta lejos del alto del palo mayor
la aciaga apatía, y zumban destellos fríos.
y los flujos, fuera del pentámetro yámbico,
silban en el tránsito de un instante.
por las venas
se aferran fuerte labios y pulmón.
y gritan, chillan, piden ciegos, al mar.
a tientas surcan límites propios.
la sien y el puño tiemblan hacia el sur,
que llama dentro al nervio,
ahí donde el dedo vibra de fe:
la tierra… tierra, ¡tierra!
¡tierra a la vis…!
a leguas, muchas leguas.
a muertos, muchos… a cuántos y más
metros de distancia.

-fe de erratas:   “versos blandos” por “versos blancos”-

pulso

 eché
                                       un pulso al gatillo
                                perdí

se me ha hecho tarde


se me ha hecho tarde sin darme cuenta.
la mañana pertenece a una sustancia decrépita que fluye por convulsiones entre los límites del organismo
y sacude el cuerpo al temblor de paredones exponiendo sus rostros en blanco,
miradas gritando arriba, clavadas al frente o cediendo el cuello ante el espanto de verse fusiladas.
en el interior de la piel se ven las heridas de metralla sobre las que resbalaron
y tatuajes impuestos de sangre turbia impresa que se hundió en la carne de un cuerpo mucho más decrépito.

se me ha hecho tarde sin darme cuenta.
la constante doméstica de cada día tampoco es inerme cuando se disuelve en la presión narcotizante de la tarde
y las espinas, pinchos y aguijones se adhieren a una flora y fauna superpoblada,
medrando la relatividad de sentidos sostenidos en un compás lento, con luces estrelladas bailando a ritmo del sopor,
y sus raíces abren el suelo, lánguida la amnesia se despereza confusa, atropellada,
la médula chirría en una cadencia avinagrada por la que se escapa la conmoción hacia un mundo mucho, mucho más decrépito todavía.

se me ha hecho tarde sin darme cuenta.
la frase cae constante en la caída,
un goteo cargado bajo la cornisa
que no me duele.
                    
se me ha hecho tarde, y no me pesa
no darme cuenta de por qué no duele…
un frío en la nuca perfora una idea.
la noche se acerca,           viene.